UNA NOCHE DE GUARDIA

ALEJANDRO
Alejandro era un joven médico que trabajaba y hacía su guardia en un frío hospital de Trujillo - Perú. Su trabajo era agotador, pero el único motivo que le hacía seguir de pie era su vocación y sus ganas de salvar vidas. Aunque tenga que quedarse 35 horas de corrido, definitivamente terminada exhausto.

5 de junio del 2016, aquella noche había sido especialmente dura, era el día de las elecciones presidenciales, pero él estaba de guardia, la sala de emergencias no tuvo ni un respiro y Alejandro había tenido que encargarse por primera vez de una paciente sin la supervisión de otro médico. Luchó por la vida de la chica, que no tenía más de 25 años, durante más de tres horas, pero desde que llegó nadie le daba alguna esperanza de vida y en el hospital decidieron priorizar a otros pacientes que tenían más posibilidades de sobrevivir.

Los daños que había sufrido la joven en un accidente de buses, en donde muchas personas se disponían a llegar a su centro de votación, eran tan graves, que incluso si Alejandro hubiese conseguido salvarle la vida, las secuelas hubiesen sido tan graves que probablemente habría quedado cuadripléjica.

Alejandro era consciente de que la chica no tenía posibilidades de sobrevivir, pero aun así se sentía destrozado y culpable por dentro y tuvo que tragar saliva para contener las ganas de llorar cuando le puso una pulsera negra a la fallecida. La pulsera negra era un protocolo de su hospital que identificaba a un difunto, señalando la hora y causa de su muerte.

Memorizó cada una de las facciones del rostro de la chica y la cubrió con una sábana blanca para que uno de los celadores se la llevara en una camilla por un interminable pasillo que conducía al depósito de cadáveres, en donde muchos cuerpos esperan ser reconocidos.

Al finalizar su turno, Alejandro parecía un zombi, su cara demacrada por el cansancio y sobretodo con un fuerte impacto emocional de perder a su primer paciente, siendo él, el único responsable.

Cabizbajo y caminando casi dormido entró en el ascensor. Se dirigía al quinto piso donde tenía su ropa, lo único que deseaba era cambiarse e irse a dormir a su departamento que estaba a pocos minutos del frío hospital. Era la una de la mañana y el hospital parecía vacío, quizá porque horas antes había sido las elecciones, tan absorto estaba en sus pensamientos que casi ni se dio cuenta de que había una persona en el ascensor cuando entró. Una mujer le saludó:

-! Mira tú ¡y yo que pensaba que tenía mala cara, ¿joven pero que te ha pasado?

Alejandro giró y vio a una mujer de unos treinta años que le sonreía amablemente, estaba casi tan pálida como él y aunque no tenía muchas ganas de conversar le contestó.

-Hoy ha sido el día más duro,  he perdido a mi primer paciente – le dijo mientras ponía un gesto que denotaba que estaba a punto de echarse a llorar.

-Pero por la cara que pones estoy segura que has hecho todo lo que pudiste, no seas tan duro contigo mismo, levante la moral, sino va tener que acompañarme… y aún es muy joven.

-Muchas gracias, probablemente mañana esté mucho mejor, así es mi trabajo – dijo Alejandro mientras se giraba a ver por que se había abierto la puerta del ascensor en un piso que ninguno de los dos había marcado.

Al fijar su mirada fuera del ascensor, vio la silueta de una joven al final del pasillo arrastrando una sábana, al terminar de abrirse la puerta, comenzó a girarse lentamente hacia ellos. Alejandro al ver la cara de la chica dio un salto hacia atrás y pegó la espalda a la pared del ascensor mientras señalaba a la chica que había fuera y trataba de decir algo sin conseguir articular palabra. De repente pareció recuperar el control de su cuerpo y se abalanzó hacia el panel del ascensor presionando repetidamente el botón que cerraba las puertas. La mujer que había en el interior del ascensor se quedó mirándole perpleja cuando la puerta se cerró cuando faltaba menos de un metro para que la joven que había fuera entrara en el ascensor.
-La… a… la chica – dijo tartamudeando del susto – yo mismo la vi morir, no pude hacer nada para salvarla y le puse una pulsera negra, ella es, recuerdo perfectamente ese rostro, fijamente mirándome, como pidiéndome que la salvara, ella es…

La mujer que estaba abrazándolo  tratando de consolarlo, le sonrió y mientras levantaba el brazo le preguntó:

– ¿Una pulsera cómo está?

Alejandro giró a mirarla y vio como en su muñeca había una pulsera de color negro, idéntica a las que usan en el hospital. El joven médico de pronto cayó al suelo del susto y en su caída agarró repentinamente el brazo que le mostraba la mujer con la que había compartido el ascensor.

Horas después encontraron a Alejandro aún inconsciente en el suelo del ascensor. Todos atribuyeron su desvanecimiento al cansancio. Pero él sabía que lo que había pasado era real, en su mano tenía una pulsera negra que había arrancado del brazo de la mujer mientras caía desmayado.

Al revisar los datos de esa pulsera pudo comprobar que la mujer había fallecido años antes en un accidente de tráfico muy parecido al de la chica que quiso salvar.

Estos sucesos cuentan, que no solo les suceden a los médicos, también a las personas que acuden a estos hospitales, sobre todo cuando te quedas internado en una camilla a pasar tus noches,  rodeado de almas pidiendo ser salvadas.

¿Quizá haya más gente muerta que viva en un hospital…?